Madonna ha estado cerca del peligro al menos en cuatro ocasiones: a mitad de los noventa un acosador de nombre Robert Dewey logró meterse a su casa de Hollywood Hills y la amenazó con cortarle la garganta, en 2005 se cayó de un caballo y se rompió ocho huesos, en 2015 cuando cayó de espalda desde una escalera en los Brit Awards presentando su canción Living for love y, el peor de todos, una infección bacterial severa que la puso en coma en 2023. Así que, cuando recibió el premio Billboard de la mujer del año 2016 y mencionó que lo más controversial que ha hecho es seguir aquí, no bromeaba.

Escribí acerca de Madonna en mi entrada número 35 del 2019 y lo hice justo antes de que sacara su disco Madame X. He releído ese texto y puedo notar en mis párrafos que me sentía orgulloso de ella por su trayectoria profesional, aunque al mismo tiempo, decepcionado de sus últimos esfuerzos musicales. Fue un mal presagio porque Madame X fue un disco que no creo haber escuchado completo más de dos veces. Después vino la pandemia y ella se enfocó en llevar al cine el biopic de su vida. Ese proyecto resultó mucho más complicado de lo que esperaba, tanto que prefirió congelarlo y hacer la gira conmemorando cuatro décadas de hits en su lugar. Como era de esperarse, el tour fue un éxito rotundo pero, era la señal de que Madonna se acababa de convertir en una artista de legado más que de actualidad. Después de todo, aquel bebé que decidió tener en su éxito Papa don´t preach habría cumplido cuarenta años este verano. Asumí que sería la artista consagrada que se dedicaría a seguirle sacando jugo a su catálogo, ofreciendo versiones tamaleadas de sus canciones una y otra vez. Lo ratifiqué con su esperado «Veronica Electronica» hace un año exactamente. Fue un álbum de remixes alternativo a su Ray of Light del ´98 que se quedó en el tintero en aquel momento, pero con sonido expirado para 2026.
Me pasó lo opuesto con su disco debut de 1983. Lo escucho hoy y me parece aún mejor que en aquel entonces, para ser sincero, mejor que Madame X, Veronica Electronica, MDMA y American Life (quizá por el morbo de obsevarla como un diamante todavía sin pulir). Madonna para mí ya estaba colocada en el apartado de la nostalgia y Vogue seguiría siendo mi recurso infalible de alegría instantánea para la posteridad. Es cierto que el cambio ha sido su firma distintiva y me parece admirable por cuánto tiempo lo ha logrado llevar a cabo con buenos resultados. Sin embargo, la forma en que modificó sus facciones finalmente me obligaron a aceptar que la Madonna del video de Material Girl o del concierto del Girlie Show es un recuerdo.
Soy un poco alérgico a la nostalgia, la disfruto solo como un recordatorio de lo que me trajo a mi camino actual y no como un bucle de apego a los días de gloria. Me esfuerzo por no condicionar el algoritmo de Spotify escuchando en exceso canciones del pasado, pero eso no aplica con Madonna. Su presencia ha sido una constante en el algoritmo de mi corazón, siempre ajustándose a los nuevos ritmos, looks y provocaciones que lanzaba. Desde 2019, el entusiasmo había quedado en suspenso. Algo cambió y ahora Madonna, antes que el showbiz, se enfocaba en otros aspectos propios de la edad madura: sus hijos, su salud y en especial, su apariencia. En medio de este sentimiento apaciguado de derrota ajena, escuché rumores de que había regresado al estudio de grabación con el propósito de darnos una continuación a su icónico disco del 2005, Confessions on a dance floor. Por un lado, me llené de curiosidad y expectativa, pero parte de mí temía por que las buenas intenciones terminaran arruinando incluso esas fuentes algorítmicas de nostalgia.
Programó fecha y hora de salida para el 4 de julio a las 12am. No quise escucharlo de inmediato, tampoco quise enterarme de comentarios, reseñas, nada. Me di tiempo y espacio para concentrarme. En la mañana del domingo 5 de julio, me coloqué mis mejores audífonos, me recosté sin ninguna otra distracción y le di PLAY. Me alegro de haberlo hecho así. ¿Cuántos discos no fantasea uno con poder escucharlos por primera vez otra vez? No tenía esa idea tan consciente como ahora. Lo que daría por perder la memoria selectivamente y escuchar Achtung baby de U2 como si fuera la primera vez. Igual con Songs from the big chair de Tears for fears, Violator de Depeche Mode, el debut de Tracey Chapman o Behavior de Pet Shop Boys. Confessions II fue desde la primera hasta la última canción un regalo, un dulce que Madonna quiso darnos a sus 67 años de edad.


Roberto Bolaño deseó una vez «que la amnesia nunca nos bese en la boca» y parecería que esa fue la instrucción que Madonna siguió con esmero para realizar este álbum. Hay indicios ocultos en cada track de esas historias que se traficaban por los antros y discoteques de Nueva York desde los setenta hasta la entrada del nuevo siglo. Desde Studio 54, pasando por Danceteria, Limelight, Palladium, el Tunnel, la Soundfactory y el Roxy. Esconde un ADN musical entre líneas, es la nostalgia sutil de fantasmas sonoros: Deee-Lite, In Deep con Last night a DJ saved my life, Giorgio Moroder, Army of Lovers, el Pacha de Ibiza durante los últimos resuellos del siglo XX. Incluso el track con el que abre, I feel so free, ella inserta influencias veladas de su propio himno dance ochentero, Into the groove, revueltas con atributos de French Kiss, un inescapable dance hit global del ’99 de Lil’ Louis. Lo vivido cuenta y ella le saca más uso bailándolo que llorándolo. Y bajo este hechizo, Madonna resucitó en mis entrañas como ave fénix. Se lo agradecí enormemente porque me resistía a dejarla ir. El arte es valentía, es desconocimiento del impacto que tendrá en la gente, es rebeldía, un salto al vacío que puede quemar o glorificar. A los 67 años y después de una trayectoria como ninguna cualquiera diría, ¿para qué arriesgarse? Es la necesidad inescapable al peligro de crear lo que distingue a un artista de otro, es lo que resuelve quién es quién ahora y hacia el futuro.
Hoy, Confessions II es el número uno en muchos países y es la primera vez que una artista coloca un disco en esa posición en cinco décadas consecutivas. Nunca había visto algo igual, en especial porque su disco suena tan de ahorita mismo. En mi entrada de 2019 me preguntaba por qué Madonna insistÍa en meter tantas colaboraciones en sus grabaciones. Asumí que era marketing forzado por la disquera para popularizar su música por asociación, a pesar de lo innecesario. En esta ocasión, omitió esas colaboraciones y siguió su instinto. Con eso bastó. Regresó a Warner y ellos la apoyaron en la promoción como si se tratara de Sabrina Carpenter o Taylor Swift. El resultado fue una nueva fórmula de éxito, demostrando que no se necesitan nueve compositores para hacer una canción (hola Beyonce y J.Lo) ni múltiples invitados para reforzar cada track en un disco pop.
Es increíble que alguien con quien nunca he cruzado palabra y ni siquiera conozco en persona, haya sido la mejor compañía en mi viaje de encuentro personal. En 1990, su documental In bed with Madonna me regaló un sentido de identidad, de amarme tal como soy y descubrir que había muchos hombres diferentes al resto, pero iguales a mí. En 2026, Confessions II me demostró que el propósito no envejece y que siempre habrá espacio para reinventarse y crear un futuro por completo nuevo y no como una continuación del pasado ni del presente. Cimbrar el status quo, en eso consiste el arte y, en muchas maneras, la vida. Ser héroe y hereje a la vez. Como ella nos dice obsesivamente en Danceteria: «Everyone here is a work of art.» En esa canción, Madonna nos narra la escena nocturna neoyorquina a su llegada a inicios de los ochenta, cuando dijo adiós a su familia y desesperadamente buscaba la fama. Los nombres que menciona: Debbi Mazar, Mark Kamins, Keith Harring, Jean-Michel Basquiat, Tony Shafrazi, David Byrne, Nile Rodgers, Fred Schneider (B-52s), Kenny Scharf, estas personalidades eran los que desafiaban el estándar social de la época. Dime con quién andas y te diré quién eres. Cuesta mucho desprenderse de la tribu con la que naces, pero es un mayor reto encontrarte con la que es verdaderamente tuya.

Joe «Jellybean» Benítez en el Paradise Garage Club de NY ca.1983



El mensaje de One Step Away parece innovador, aunque haya estado vigente por generaciones: a veces, parece que todo está perdido y dejas de confiar en la gente, pero ese lugar que muchos califican de superficial o caducado, la pista de baile, es el portal de salida, el lugar donde uno desaparece. Con frecuencia encontré nuevas hermandades bailando, incluso si era en lugares lejanos. Todos tenemos una historia y el que otras personas no la entiendan, no significa que carezca de valor. Yo también he estado varias veces cercano al peligro. No diré que me porté indiferente a dichas situaciones; sin embargo, tampoco me impulsaron a cumplir una bucket list de cosas por hacer o lugares por visitar antes de morir. Más bien me ayudaron a elegir con claridad las cosas que me le agregan valor a la vida. A darme cuenta de que vale más escribir con libertad que autocensurarse, que es preferible dar un paseo con la persona que amas y te ama de regreso que gastar un montón de dólares solitariamente en una tarde de shopping, que estar dispuesto a transformar la sala o la cocina en una pista de baile es un signo de alegría interior que muchos han perdido a lo largo de innumerables batallas, que tu idea de originalidad es suficientemente original, que cuando se trata de algo que adoras, es más fácil seguir que parar. Que ser la oveja negra es el adviento de la independencia y que el instinto tiende a ser certero y tu mejor guía.
Por fin puedo poner a Vogue en el baúl de los recuerdos y avanzar hacia nuevos pasitos de baile en el afterhour de la mano de mi diva favorita, el algoritmo viviente que, como una virgen, siempre me acompañará.
Desde que inicié mi proyecto de diez leyendas musicales de los ochenta en el ecopersonal sabía que Madonna ocuparía una de las entradas. Esperé a propósito a que saliera Confessions II y le correspondió la sexta entrega. Me encantó el hecho de que coincidiera con tantas reseñas positivas y mucho ruido en las redes. Se queda en el blog para los años por venir.
Aquí comparto la entrada del 2019 mencionada en este texto, un trancazo a los prejuicios de envejecimiento que deben quedar sepultados con cal.
Tratándose de Madonna, es necesario hacer tres listas: la de canciones, la de álbumes y la de videos. Es una artista que ha dado con demasiada generosidad.
Mi Top 10 + 1 de canciones:
11. Waiting (Erotica)
10. Express yourself (Like a prayer)
9. Dress you up (Like a virgin)
8. Burning up (Madonna)
7. One step away (Confessions II)
6. I’d rather be your lover (Bedtime stories)
5. Live to tell (True blue)
4. Music (Music)
3. Frozen (Ray of light)
2. Vogue (I’m breathless)
1. Get together (Confessions on a dance floor)
Mi Top 10+1 de videos:
11. Lucky star
10. La isla bonita
9. Ghosttown
8. Music
7. Open your heart
6. Erotica
5. Hung up
4. Express yourself
3. Bedtime story
2. Frozen
1. Vogue
Mi top 10+1 de álbumes (de 15 que ha grabado):
11. Hard candy
10. Music
9. True blue
8. Like a prayer
7. Bedtime stories
6. Erotica
5. Like a virgin
4. Madonna
3. Confessions II
2. Ray of light
1. Confessions on a dance floor
