Es un gusto y motivo de orgullo escribir la entrada número 200 del Eco Personal, un proyecto que inicié en septiembre de 2018 con mucha intención y bastante incertidumbre. En la escritura encontré rebelión y refugio, el único espacio donde me he sentido héroe y hereje a la vez. Entiendo que lo de hoy es el contenido audiovisual, que la creación de reels e historias acaparan las miradas del público. Que no ha habido tiempos más propicios para autocrearse su propio programa de radio o podcast, como lo han llamado ahora. Que es el momento para autoproclamarse influencer y pelear por la fama sin importar los mensajes ni las imágenes. Lo entiendo. Pero siguen existiendo los lectores, el público que adora leer una historia y jugar con los límites de la imaginación. Para ellos, deben seguir existiendo escritores. En ese entendimiento es que apuesto toda mi energía para continuar.
Esta semana también me ha hecho recordar tiempos pasados, específicamente, el Mundial México ’86. Aunque era un adolescente, tuve la fortuna de vivir la conmoción en Monterrey y en Guadalajara. Al equipo de Inglaterra le tocó jugar en Monterrey y con ellos llegaron los intrigantes «hooligans», hinchas conocidos por su fiesta irreverente y extrema. Hicieron alarde de su reputación: cuando menos acordamos, se pusieron de acuerdo y en pleno juego, la barra inglesa se volteó y agachó para enseñar sus traseros frente a las cámaras y el estadio. Todos nos quedamos helados, la prensa y la afición por igual. Los de seguridad también porque no hicieron nada. Nunca se había visto algo así en Monterrey (me refiero al acto, no a las nalgas, aclarando). Más adelante, el «mooning» se llevaba a cabo con descaro por las principales calles de la ciudad, en especial cuando había vidrieras en restaurantes o tiendas; se abrazaban y se bajaban los pantalones pegando el culo en el cristal. A los pobres comensales se les caía el menudo de la cuchara. Fue tanto el furor que, en uno de los juegos, un aficionado local copió el mal ejemplo e hizo lo suyo varias veces. El enorme sobrepeso de su figura no ayudaba a cambiar la burla por asombro, si a esa práctica le llaman «mooning», este tipo eclipsaba. Era confusa su motivación, dado que la selección inglesa ya había terminado sus juegos y se había ido de la ciudad. A diferencia de los hooligans y como para nada se parecía a Mar Castro, la chiquitibum, al gordito mexicano sí lo sacaron del estadio y lo multaron. ¿Qué hubiera dicho Maradona?
Después en Guadalajara, me tocó asistir al juego de cuartos de final en el que Francia descalificó a Brasil en penales. Desde antes que iniciara el juego, todas las calles eran una dancetería al son de la batucada, parecía un carnaval interminable. No había visto a una afición tan fogosa antes, sentía una enorme simpatía hacia ellos, por ello, fue devastador el resultado del partido. Me tocó ver a muchos brasileños en llanto abierto y escandaloso, un instante surreal que nunca olvidaré. Tan surreal como los montones de imágenes que he visto en este mundial a lo largo de mi país. Igual que el mooning de los hooligans y las batucadas brasileiras, esta vez ha destacado la hermandad que comunicamos a los que nos visitan. Nadie quiere irse, todos se sienten apapachados por México. He reído con la creatividad en nuestra forma de festejar y las reacciones de los extranjeros adaptándose a como Dios les da a entender a nuestro entusiasmo. Me ha conmovido el mensaje iraní de agradecimiento a nuestra hospitalidad. Me ha impactado lo semejantes que somos a nuestros socios coreanos. Me he sentido orgulloso al escuchar a finlandeses, suecos, iraquíes, alemanes, tunesinos alabar a nuestra gente, a nuestra cultura y comida. Es una fiesta a la que todos están invitados y vaya que si han asistido, algo que no todos los países pueden presumir.
El otro gusto que me está dejando el Mundial, es constatar el esfuerzo que hicieron las autoridades durante todo el camino previo para mostrar una ciudad más elevada, más limpia y bella de lo que nos tienen acostumbrados. Lo digo no tanto por el resultado que vemos ahora, sino por lo que nos revela: que siempre había sido posible. Que siempre estuvo en sus manos transformar a Monterrey en una mejor ciudad. De lo que no tenían idea era cómo sería la reacción de la gente y lo que hemos visto, es ciento por ciento favorable. ¿Hace cuánto que no nos sentíamos así de orgullosos de nuestra ciudad, de nuestro país? Si alguien en el gobierno es inteligente, aprovecharía este impulso para elevarlo y hacerlo todavía mejor, para crear un lugar del que todos nos sintiéramos parte y no un sitio que no sentimos propio. Nadie cuida un auto rentado, todos procuramos el mantenimiento del nuestro y cualquier rayoncito en la pintura nos duele. Así con nuestra residencia, así con nuestra ciudad.
Esta entrada es un intermedio conmemorativo de esta fiesta internacional futbolística, de estos 200 episodios y del enorme agradecimiento hacia los lectores del Eco Personal, donde quiera que se encuentren, ver sus lecturas es nutrición del alma para mí, un festejo mundialista estilo México en el corazón. ¡GRACIAS TOTALES!


