Food 4 Thought, story telling

EP102: Días de rosa.

Escribí una pequeña historia, es como un algodón de azúcar que se cae al suelo. Se llama:

«Días de rosa»

– ¡Vámonos de compras! ¡Anda, papá! ¡Lo prometiste!

Exhortó Morelia a Román sumamente emocionada.  Estaba acostumbrada a que sin falta su papá la consintiera cada fin de semana.  Eran días de ensueño en plazas comerciales, rodeados de fuentes y demostradoras de nuevas golosinas a degustar.  A veces almorzaban deliciosos hot cakes con esos jarabes de sabores que tanto le gustaba mezclar.  Todo un día con su papá.  A Morelia le fascinaba cómo el día iba tornándose más divertido cada hora.  A Román le brotaba una creatividad natural para decidir qué hacer enseguida.  Una fuente de sodas, una juguetería interactiva, boutique para niñas, cine de tardeada, patinar sobre hielo.  No había límite a la diversión y lo que más le gustaba a Morelia era que las sorpresas llegaban impredecibles y sin parar.

Román le cumpliría el paseo esa tarde, como de costumbre.  Mientras iban en el Mercedes CLA, Morelia veía las calles y de pronto le parecía el cielo de color azul pastel y las nubes rosas como caramelos esponjados.  El aire acondicionado que salía de las rendijas lo percibía como de chocolate, aplacando el olor a piel de los interiores.  El trayecto era tan plácido que ni siquiera notaba los vendedores y limosneros que los rodeaban en cada crucero. Siempre pensó que eran personas amables saludándolos y deseándoles buen día.

 Ese día Morelia quería comprarse un vestido de princesa rosa para la fiesta de cumple de su amiga Romina.  Ella quería ser la más bonita de la merienda, mucho más que la festejada.  Morelia vería unos zapatos de lentejuelas fucsia que aparte prendían una lucecita en los tacones a cada paso.  Igual que unos tennis que le habían comprado dos semanas atrás.  Cuando salieron de la boutique y pasaron frente al aparador de la juguetería, Morelia vio la muñeca de sus sueños.  La que tenía que tener.  Volteó hacia arriba y le pidió a Román que se la comprara.  Él nunca podía resistirse a complacerla en un capricho, le era imposible.  Para Román, Morelia merecía lo mejor de la vida y la educaría para nunca conformarse con menos. 

Morelia se encontraba con la muñeca en brazos pensándole su nombre mientras que Román en la caja pagaba por ella.  Todas las empleadas de la juguetería les sonreían amablemente, cautivadas por lo linda de la nueva parejita. El fondo musical del establecimiento era alegre y rosa, como sus paredes.  Al abandonar el sitio, Román sugirió ir a tomar una leche malteada.  ¿Cómo detener una tarde de ensueño?

Melody

– ¿Puede acompañarnos Melody, papá? – preguntó entusiasmada Morelia revelando el nombre elegido para su nueva compañera.

– ¡Por supuesto, princesa! ¡Qué bonito nombre escogiste para tu amiguita! – le respondió Román mientras le sonreía y acariciaba su rubia cabellera.

Al llegar a la heladería, ambos pidieron la leche malteada que más les provocó.  Román de vainilla y Morelia de sabor chicle.  La crema batida que coronaba sus vasos era una inevitable invitación a saborear la irresistible bebida. 

Salieron a la calle para subir al coche nuevamente pero cuando Morelia estaba colocándole a Melody el cinturón de seguridad en el asiento trasero, ella notó que su papá no estaba.  Empezó a llamar su nombre sin respuesta.  Morelia alarmada volteó a todos lados pero no lo veía.  Corrió a la heladería a preguntar si no estaba ahí pero ninguna de las empleadas le pudo dar razón.  Al regresar apurada al vehículo, ella pudo ver algo del lado opuesto.  Sintió su corazón desplomarse al ver a Román tendido en el caliente pavimento boca arriba con la malteada derramada a su costado.  Estaba inmóvil, su rostro inanimado y fijo.  Morelia comenzó a gritar desesperada por ayuda, su desesperación no le permitía llorar a pleno, estaba en shock.

Empezaron a salir personas de los locales y también algunos peatones a acercarse.  Rodeaban todos a Román y Morelia estáticos.  Pasó casi un minuto antes de que alguien se animara a acercarse y verificar la condición de Román.  “Está muerto.”, avisó.  Morelia sintió estar parada en medio de un abismo, desolada.  La gente quedó inmóvil por unos momentos contemplando la escena.  De pronto, un sujeto se acercó a Román y le quitó su reloj.  Morelia le gritó que no lo hiciera pero él sólo la miró un par de segundos y se alejó de prisa.  Un limosnero entonces abrió la puerta del Mercedes y sacó a Melody de ahí para huir corriendo del lugar.  Una de las dependientes de la heladería se acercó a sacarle del saco la billetera a Román.  Otro limosnero le quitó los zapatos.  Morelia gritaba desesperada, ¿es que nadie la escuchaba?  De pronto ella escuchó el motor del coche arrancar.  Alguien se había subido y se disponía a llevárselo. 

Ahora sólo quedaba Morelia a un lado del cuerpo inerte de su papá.  Ella lloraba desconsolada de pie, solita. 

– Tú te vienes conmigo. –  Fue la voz que escuchó de un tipo que la cargó como un bulto manchando de grasa su rosa piel y salió con ella corriendo de ahí.

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