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EP007 Ikebana

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Supongo que eventualmente uno tiene la opción de adentrarse profundamente en su trabajo, su desarrollo profesional y quitarle atención a otros ámbitos de vida.  Creo que con buena administración personal es posible llevar a buen nivel un par de áreas, quizá hasta tres; sin embargo, si uno desea dominar competitivamente un área de vida en definitiva debe dedicarle muchísima energía y tiempo.

Lo que me gusta de los hobbies es que uno decide hasta qué nivel llevarlos.  Me encontraba en ese punto donde veía que mi vida era totalmente trabajo; me comportaba implacable y ambicioso.  Un día tuve que poner un límite a esa conducta que sentía se estaba llevando lo mejor de mi y así fue como empecé a buscar otras actividades que me relajaran, que me dejaran un nuevo aprendizaje y que sobre todo, que me nutrieran el espíritu y mis días.  Iniciar este blog es una de ellas, sólo el tiempo y la constancia me revelarán si ha valido la pena.  Pero este blog es algo mucho muy reciente que inicié, tengo otro hobby que decidí emprender hace ya 3 años.   Este hobby me ha brindado muchas satisfacciones y sobre todo, mucho balance en mi percepción de la belleza, de la vida en general.

Este hobby del que hablo, es el arte del Ikebana, el intrigante arte del arreglo floral japonés. Es una manera tan especial de comunicarse a través de flores y naturaleza que permite al arreglista conmover al observador en una luz de tranquilidad y paz.  No fue hasta que inicié con este hobby que pude percibir cómo las flores son un canal de comunicación de nuestros sentimientos verdaderos.  Siempre las flores han sido en muchas culturas una manera de manifestarlos: cuando alguien muere, cuando alguien se enamora, cuando alguien felicita, cuando alguien se enferma, cuando alguien celebra el amor o el triunfo, cuando alguien reconoce, cuando alguien se apasiona. Las flores en verdad mandan un mensaje: un ramo de rosas rojas de un enamorado en occidente tiene un significado muy distinto a recibir sólo cuatro rosas de parte de un japonés, lo cual implicaría literalmente un deseo de muerte.

El Ikebana es una manera japonesa de comunicar sentimientos a través de la belleza natural y frecuentemente vemos que lejos de buscar la abundancia, el Ikebana instruye a que muchas veces, menos es más. Despertar esa sensibilidad para identificar a partir de cuándo se detiene la sencillez e inicia la abundancia es de lo que más me ha gustado descubrir en esta disciplina.

Se ha identificado el inicio del Ikebana tan lejos como 538 a.C. y ha ido tomando distintas evoluciones no sólo en su manera de presentarse, sino como en las escuelas que se fueron formando de acuerdo a su disciplina dogmática.  Los principales estilos de Ikebana son: Rikka (el más tradicional que originalmente reflejaba la filosofía budista del paraíso), Nageire (arreglos en floreros altos con flores de cualquier temporada), Seika (son arreglos diseñados para apreciarse sólo de frente, casi siempre utilizados para unos espacios en edificios japoneses dedicados a dar honor a las artes llamados tokomomas) y finalmente, Moribana (arreglos en bases planas haciendo uso de una pieza especial llamada kenzan para clavar los elementos y crear el efecto).  Estos estilos siguen ciertas reglas de la corriente filosófica de Ikebana que se trate.  También puede hacerse estilo libre de diseño y ejecución, lo cual obliga a crecer la creatividad del arreglista.

La escuela a la que más me he apegado es la Sogetsu, donde las reglas de composición implican el cielo, el hombre y la tierra (shin, soe y hikai, respectivamente) evocan una armonía en la imperfección, en la asimetría, en lo inconcluso. Esto me lleva a reflejarlo contra la vida que llevamos donde hemos llegado a concluir que la perfección es lo aburrido; es en cambio lo accidentado lo que nos atrae, la imperfección lo que nos altera a seguir buscando caminos, lo inconcluso lo que nos deja soñando.

La claridad de la belleza en una flor es exaltada de acuerdo a su posición en un arreglo de Ikebana, no será igual el impacto visual de un crisantemo sostenido horizontalmente viéndonos provocativamente de frente a verlo simplemente recargado en un florero vertical. No es lo mismo ver una ave del paraíso erguida altísima, a verla cortita pero levantando orgullosa su pico en forma altanera. Así como las personas, no hay belleza sencilla y lo bello  puede ser un concepto tan abstracto como lo grotesco (en mi opinión aún más).

Aquí un par de mis creaciones más favoritas mías, en nageire y en moribana:

 

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