deporte, desarrollo personal, Food 4 Thought, Self-improvement

EP040 Salvavidas

No recuerdo haber tenido nunca durante mi infancia problemas de sobrepeso. Yo siempre fui un niño robusto sí, pero saludable; nunca fui realmente delgado ni obeso, ni siquiera cercano a gordo. No sino hasta que tuve 13 años y en un verano me fui a pasar una visita extendida con mi tía a Ciudad de México que vivía por allá del rumbo de Indios Verdes. Fue en ese viaje que descubrí los tianguis de mercado y por ende, la garnacha. Bendito antojito mexicano, fue mi fuente de placer ese verano cada día de mis dos meses de estancia. Los tacos de pastor, las memelas, el huarache, los sopes, las flautas; Dios mío, me la pasé comiendo fritangas a más no poder hasta que llegó el momento de mi regreso y pues sí, regresé a casa con una apariencia algo distinta de como me fui. Mi madre fue la primera en notarlo; bueno, gritarlo más bien dicho. Obvio no paré ahí, entre el gozo de la comida y en el darle la contra a mi mamá, me fui desbocando hasta llegar a mis 107 kilitos de peso a los apenas 15 años. Aunque me miraba bien bonito yo, ese peso permaneció un ultra secreto por años. Sufría con la ropa pero logré comprar cosas tan holgadas (gracias ochentas) que no se notaba mucho el problema. No sólo comencé con un régimen de dieta, sino que también tuve que buscar alguna forma de ejercicio físico para deshacerme de todo eso. Elegí la natación. Inicié lento pero le fui agarrando gusto y poco a poco empezaba a sentir que se movía un poco de esa garnacha atrapada. Para cuando cumplí 17 años y terminé la prepa, fui enviado a Estados Unidos, específicamente Fayetteville, Arkansas, a hacer el último año de high school. Mis anfitriones durante ese año fueron mis tíos Alfredo y Rosanne, a quienes les debo el haberme ayudado a seguir con este deporte. Mi primo Stevan, menor que yo y cursando junior high en ese entonces, nadaba competitivamente. Un día lo vi nadar y simplemente me pregunté si algún día iba yo a poder nadar así.

Eventualmente me inscribí en el equipo de natación y comencé mis prácticas con ellos. En verdad creo que fueron de los mejores días de mi vida en el deporte. Conocí a gente increíble y llegar cada día a nadar en equipo era algo que nunca había vivido antes. El compañerismo, la presión previa a las competencias, la emoción al estar ya en ellas y la celebración posterior de todo el equipo en alguna pizzería no los cambio por nada. La sensación de la adrenalina en las competencias, la magnitud del reto físico que al principio en mi cabeza radicaba en saber no si ganaría, sino más bien de si tendría la fuerza y condición para terminar todas las pruebas! Eventualmente descubrimos que lo mío eran los eventos de rendimiento más que los de velocidad: 200 y 400 metros combinados, 400 libres, 100 mariposa, 200 libres y por el estilo. Esto le ponía más presión al asunto ya que eran tremendamente demandantes, recuerdo terminar algunos de ellos con mis piernas y brazos temblando. Poco a poco mejoré y finalmente llegó ese punto donde contábamos el tiempo en que terminaba cada prueba y comparábamos con los tiempos registrados de otros estudiantes de otras escuelas. La juventud estaba a mi favor y yo sentía que nada que me propusiera estaba fuera de mi alcance. Creo que el deporte en general, al hacerse competitivo así, se convierte en una adicción, la adrenalina en una droga; lo innegable es que ningún deporte me hace sentir al término de un entrenamiento como la natación.

Seguí en ese deporte al graduarme y regresar a Monterrey. Al ingresar al ITESM inscribirme en el equipo representativo fue de las primeras cosas que hice. El coach se llamaba José Urueta. Iba con grandes sueños y los entrenamientos eran duros y largos. Dos veces al día: a las 6am nadábamos 5000 metros y a la 1:30pm, corríamos o hacíamos pesas. Pero un buen día, la desilusión llegó: me cortaron del equipo. Nadaba mejor que otros ahí pero como era de primer año, el coach pensó que podíamos esperar para ingresarnos ya que habían más nadadores de lo que podían entretener. Yo salí ese día disparado de ahí en total ira. Me dirigí al club deportivo de mis papás y me metí en esa piscina a nadar toda mi furia hasta que se disipó. No quise esperar a nada. Nunca regresé al equipo del Tec. Sin embargo, no me detuve de nadar y de seguir compitiendo. Ingresé al programa de Masters y empecé a competir para clubes privados. Esto lo hice hasta cumplir 38 años. Hoy, de alguna manera agradezco a Pepe Urueta de haberme cortado, fue una de las primeras lecciones de vida que tuve para poder encontrar fuerza en la decepción, a darme cuenta de que la ira puede ser aventar la toalla o puede ser también armarse de mucha determinación y simplemente hacerlo sin mirar atrás.

La natación me salvó la vida, si no hubiera yo tomado ese deporte, quizás hubiera seguido en mi espiral de obesidad pero más que eso, jamás habría aprendido lo que es la disciplina, la perseverancia y sobre todo, la automotivación de siempre continuar y de encontrar en la ira y el coraje la fuente del enfoque a una meta. Siempre hay resultados mejores porque siempre habrá oportunidad de mejorarlos y quien otorga esta oportunidad es uno mismo. Este desempeño al ir acumulando esas vueltas a la alberca me ha hecho darme cuenta de que es en el agua cuando obtengo de pronto una claridad plena a mis problemas, de pronto las soluciones llegan casi sin buscarlas y al salir de la piscina hay un cierto sentido de satisfacción que pocas veces ocurre para mi en otras disciplinas.

Este 2019 estoy celebrando 33 años de nadar y aunque ya no hago más de 2000 metros por sesión ni participo en competiciones, sigo sintiendo el mismo placer al hacerlo. No quiero detenerme porque precisamente ahora que me estoy reponiendo de mi cirugía de la rodilla, la natación está una vez más salvándome la vida. Mi rehabilitación ha tenido mucho que ver con la alberca y pienso en el contraste de mis pensamientos, de mis motivos a estar ahí sumergido. Los años hacen de los recuerdos una fantasía, sueños que en definitiva no sé al día de hoy si constituyen algo que poseo o algo que ya perdí.

Yo sé que habrán días en los que quizás no tenga tantas ganas o me falte la energía, pero eso no está en mi cuerpo; está en mi mente. Exacto eso me alimento mientras entro al agua y empiezo a sentir su fría sensualidad deslizarse a mis costados en las primeras brazadas de este único placer al tiempo que doy inicio a lo que será una revitalizante sesión de fisioterapia a la cual le apodo “entrenamiento”. Mente sana en cuerpo sano. Siempre.

natacion 2

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s