La semana pasada, el tema que ocupó la conversación global salió, para variar, de la Casa Blanca. El nuevo documental «Melania» abrió proyecciones en miles de salas de Estados Unidos, enfrentando una cascada de críticas y controversias. Al menos el mundo cinematográfico está de acuerdo: la película apesta. En el ámbito periodístico, los editorialistas ven el vehículo promocional más allá de la calidad fílmica, enfocándose más bien en lo que quiere dar a entender.
Partamos desde lo básico: el documental es aburrido, muestra a la primera dama estadounidense caminar entaconada por los pasillos de sus mansiones, bajándose y subiéndose a vehículos y aviones, revisando menús para eventos. Hasta ahí llegan las secuencias de acción. El conflicto: ¿Cómo hará para sobrevivir a semejante tarea por cuatro años más? ¿Cómo logrará proteger a su hijo, Barron, de la crueldad social tan ensañada con su apellido? La pregunta que el público se hace es, ¿por qué nos habría de importar un desenlace predecible? Las salas vacías lo demuestran. Sin embargo, se sabe que recaudó siete millones de dólares el fin de semana de estreno. En contraparte, se ha documentado una operación comercial a nivel nacional en la que, taquillas en varios estados son visitadas por una sola persona que adquiere funciones enteras. Como resultado, el presidente alardea del rotundo éxito de su esposa y acepta que ella muestre una faceta íntima más allá de las infames fotos con muy escasa ropa que él mismo ha presumido como prueba de su buen gusto en mujeres.

El director elegido para el documental fue Brett Ratner, un tipo que vio el auge de su carrera cinematográfica a inicios de siglo con películas como «Dragón Rojo», precuela al «Silencio de los inocentes» y la franquicia «Rush Hour» con Jackie Chan. En 2017, en medio del movimiento #metoo, fue demandado por siete mujeres de abuso sexual y hasta de violación. El negó todo y nunca enfrentó cargos por ninguno de los casos. Esto le ocasionó un exilio de Hollywood. En la filmación de una de sus películas, «Tower heist», conoció a los Trump. Entablaron una estrecha relación al grado de que estos últimos años, Ratner ha vivido en una casa de ocho habitaciones dentro del enclave político de Mar-a-lago. En entrevistas, él ha afirmado que entre sus mejores amigos están James Toback (un guionista también llevado a juicios #metoo que, por orden del juez repartió casi dos mdd entre sus víctimas), Roman Polanski, Benjamín Nettanyahu, Sean «Diddy» Combs. De alguna manera, estos personajes parecen tener una gran habilidad para encontrarse.

(fotografía de los Epstein files revelados)
Durante el primer mandato de Trump, una de las personas a las que traía en la mira era Jeff Bezos. Anunciaba constantes amenazas a su imperio Amazon. En la segunda ronda, Bezos acudió a besar la mano del nuevo rey, acompañado de otros de los billonarios que antes le habían mostrado indiferencia. En esta ocasión, la estrategia consistía en adularlo. «Melania» era el medio perfecto. Amazon pagó cuarenta millones de dólares por los derechos y después otros treinta y cinco para gastos de marketing. (Me pregunto de qué bolsillo salieron los siete millones de taquilla). Esto sería suficiente para mantener contento al emperador y seguir operando su negocio billonario, casi monopólico, con mayor libertad.
En un sentido estricto, los documentales son una expresión cinematográfica que se apega a la realidad, no solo para reflejarla, sino para que el público obtenga una noción de las problemáticas que, muchas veces, se ocultan o se desconocen. Son un ojo intruso que nos despierta y trata de crear un juicio crítico dada la exposición del tema. Es un género interesante, porque, así como puede ser un retrato crudo o revelador, también puede ser una manipulación falaz de los hechos. Últimamente, está siendo usado como un medio de Relaciones Públicas de gente famosa para elevar su imagen o en algunos casos, para repararla. Este uso del documental se ha vuelto una de las principales vacas lecheras de las productoras. El beneficio de Amazon por perder tantos millones con «Melania» se oculta a nuestros ojos en la realidad, no sabemos qué tantos impuestos o auditorías, qué tantas operaciones comerciales, el ego acariciado de Trump esté dispensando a Bezos, pero lo que se puede inferir es que, alguna ganancia hubo y que este documental es un intento por mostrar que el poder es un generador de estatus ciego a la corrupción o cualquier otra forma de abuso.
Sin embargo, no es ahí donde termina el negocio. Otras celebridades han firmado exclusividades con compañías de streaming para realizar estos filmes también llamados «faux docs» o «Vanity projects». Existen algunas series que han gozado de gran éxito porque se inspiran en personajes o grupos de personas y, de una forma ficcionada, recrean situaciones que de entrada parecen increíbles pero que, se quedan cortas contra lo que en verdad sucede tras puertas cerradas. Ejemplos: «Succession» (Rupert Murdoch/HBO), «Industry» (Ghislaine Maxwell/HBO), «The dropout» (Elizabeth Holmes/Disney+), «We crashed» (Adam y Rebekah Neumann/Apple+). Muchas de estas ficciones guardan su contraparte documental y parecería que el énfasis que se da en la trama, muchas veces va en función del sesgo que tenga el documentalista sobre la vida en general: defender el medio ambiente, aversión/preferencia hacia la celebridad o el nepotismo, fascinación por la narcopolítica, admiración por el triunfo de las minorías, etc.
De esta forma, hay una tendencia de este siglo por los proyectos de vanidad. El público quiere saber cómo vive la gene privilegiada, quiere la versión live action del HOLA! y el People.
Empecemos por Paris Hilton y su nuevo doc, «Ícono infinito: una memoria visual», con fecha de estreno simultánea a la de «Melania». Paris afirma que se distingue de su otro documental, «This is Paris» (2020), en que, antes, ella buscaba cambiar la idea preconcebida del público acerca de ella como heredera rica y superficial. Ahora lo que desea es mostrarnos a la «verdadera Paris», la que afirma que todo lo que vimos de ella antes, era una persona fabricada por ella, un «drag»; que en verdad ella era solo una chava, como cualquier otra, que se refugiaba de la realidad en la música y los antros. ¡Qué flipante ironía es pensar que más de la mitad de las personas famosas no son como las vemos! Sarcasmo aparte, la crítica de The Guardian a «Ícono infinito» la describe como un narcisismo desenfrenado con una auto importancia aletargada que se extiende más allá de la eternidad. La productora de la película es la cantante Sia y se hizo via la compañía productora propiedad de Paris Hilton. Supongo que, ante la baja taquilla pronosticada, la autenticidad de este proyecto radica en la genuina intención de querer hacer algo por amor al arte, en este caso, la música. Al momento, ha recaudado poco más de doscientos mil dólares, mientras que Melania lleva 9.5 millones de dólares.

Otro de los usos de los Proyectos de Vanidad es el cimentar un legado. Solían ser casos póstumos, un homenaje a grandes personajes de la historia. Recientemente son moldeos de egos vivientes. Netflix es el principal habilitador, pagando contratos millonarios a todo tipo de personalidades, probablemente con fines fiscales detrás. Con los Beckham fueron más de veinte millones de libras esterlinas, a los Sussex, Harry y Meghan, cien millones de dólares. Apple pagó veinticinco millones a Billie Eilish y teinta a Elton John. A la rueda del privilegio documentado se suman Jennifer Lopez con «Halftime» (2022) y «This is me…now» (2024) con el fin de rescatar su imagen, Taylor Swift con «Miss Americana» (2020) en búsqueda de una voz política, Lady Gaga on «Five foot two» (2017) retratándola como una chica vulnerable, «I am Celine Dion» (2024) que expone su padecimiento (stiff person syndrome) y su vida post residencia en Las Vegas a manera de un retiro anunciado. El vanity project de Selena Gomez, «My mind and me», tardó seis años en filmarse porque era el tiempo prudente y necesario para documentar verazmente su estado mental.

Esto es Brand Management puro. Un enfrentamiento entre narrativa y verdad, mercadeado como «historias nunca antes contadas». Los realizadores se enfocan en omitir información negativa o, en el mejor de los casos, mencionar temas de los que el sujeto documentado se quiere disociar desde su punto de vista inocente y auto redentor con el fin último de proteger su marca. El común denominador es mostrar el proceso por el cual vencieron sus peores fases y retos del pasado en un contexto formulaico que combina imágenes cotidianas con narrativas profesionales. A pesar de que en el docu de David Beckham omiten por completo el conflicto de intereses cuando patrocinó a Qatar en el mundial a cambio de al menos diez millones de libras (él se reconocía aliado de los derechos humanos LGBT y en Qatar la homosexualidad está prohibida), el ejemplo más notorio que encontré fue el de «Underrated» (Apple+). Presenta al jugador de baloncesto Stephen Curry tratando de vender la historia de que siempre fue un tipo al que subestimaban; no obstante, fue unánimemente nombrado por la NBA como el «Jugador del año».


Es así como regreso a «Melania» como el punto más bajo del género documental. Un soborno flagrante de Bezos a Trump, un golpe a los documentalistas que en verdad se esfuerzan y arriesgan hasta la vida por la investigación de un tema escabroso. «Melania» no revela una fotografía de ella, empezando porque lo que muestra es planeado y protegido. Lo que evidencia es el peor momento de la democracia y el libre comercio en la historia contemporánea, donde el dinero es el dios todopoderoso y los humanos sus súbditos. Un espacio en el tiempo en el que la reputación se compra y las falsas verdades se documentan para atraer seguidores; porque, si alguien tiene millones de dólares y/o seguidores, entonces debe tratarse de una persona ejemplar.
