La primera película que vi del director finlandés Aki Kaurismäki fue «El hombre sin pasado» (2002). Esto sucedió hace diez días. Lo que vi fue un cine que, a primera impresión, aparece como minimalista, sobrio y hasta acartonado. Sin embargo, el magnetismo que sentí hacia los personajes y los actores que los representan, las historias más recargadas en las relaciones entre ellos que en el conflicto central y los montajes de las escenas, me hicieron ahondar en el trabajo de este director.
La película mencionada fue ganadora del premio del jurado en Cannes y nominada a mejor película extranjera en los Óscares. Contrastante a lo que vemos en la actualidad, donde la industria cuida su dinero y se calla en las ceremonias de premiaciones, Kaurismäki decidió boicotear el evento y ausentarse en protesta a la invasión de Estados Unidos a Irak.
Comencé por ver entrevistas que le hicieron cuando aún se prestaba para hablar con reporteros. La convicción con la que compartía puntos de vista sobre la humanidad, el capitalismo y la riqueza en la simplicidad me hizo ver algunos de estos videos más de una vez. Hubo momentos en los que me recordó a Juan Rulfo cuando era entrevistado en videos con la imagen en blanco y negro. Ambos unos mavericks de su época, por completo conscientes de la injusticia social que el sistema ejerce sobre la gente de bajos recursos (proletarios para Kaurismäki y campesinos para Rulfo). Al igual que Rulfo hizo en «El llano en llamas», Kaurismäki deja entrever con sutileza capas profundas de denuncia en sus historias.
Para él, el capitalismo es un crimen victimizante. Un sistema carente de piedad que repudia a los desprotegidos, en especial los inmigrantes, y los despoja de brújulas. Una forma de vida que cancela la idea del sustento ambiental, en la que la ultra abundancia no solo se permite, se incentiva. En su opinión, los humanos somos innecesarios, si no existiéramos, la Tierra no nos echaría de menos. De esta forma, nos retrata a personajes despojados, gente a la que lo poco que le queda, también se lo arrebatan. Los actores que elige para sus películas son recurrentes, tal como una compañía de teatro. Están instruidos para actuar las desgracias estoicos, con imperceptibles esbozos de reactividad. ¿La razón? Porque en estos personajes, lo que debe permanecer incólume es la dignidad. Se saben parte del proletariado, una condición inescapable que los obliga a la auto acusación, se juzgan a sí mismos, se disocian del terror que trae el capitalismo gore, un sistema que les niega seguridad.
En «El hombre sin pasado», el protagonista le pregunta al hombre que le ayudó a conectarle la electricidad clandestinamente cuánto le debe. «Si un día me ves tirado en el suelo boca abajo, voltéame», fue su respuesta apelando al valor de la dignidad.
En mucha de la filmografía de Kaurismäki, el puerto es un elemento recurrente. Es el símbolo ideal que transmite optimismo y esperanza para el que llega, así como alivio y nostalgia para el que parte. La mente inmigrante en el espectro triunfador y derrotado. Por eso, propone el amor en el proletariado como una ilusión ocasionada por el aislamiento e impulsada por el solo hecho de pertenecer a la misma clase social. Las relaciones se sienten accidentales y frágiles, se dan casi por suerte o casualidades que ocurren más de una vez.
Me llama la atención el aproximamiento de Kaurismäki hacia la violencia. Él reconoce que es uno de los factores que eleva a muchas películas hechas en Hollywood, no obstante, insiste en presentar sus secuencias violentas de manera burda y, en sus palabras, fea; porque «en la vida real no existe la violencia buena».
Kaurismäki advierte que la desgracia resalta los pequeños placeres de la vida, el tabaco, el alcohol (él mismo se reconoce como alcóholico), las flores, la música (en especial la que es en vivo), la comida y los perros (tiene una adoración por los perritos). Cosas extraordinarias en vidas ordinarias. En sus filmes crea una atmósfera atemporal, en la que, si no fuera por detalles como automóviles de modelos recientes, el espectador no sabría en qué año suceden las historias. Los encuadres escénicos, que guardan una simpleza y equilibrio propios de pintura de Edward Hopper, esconden el esfuerzo que ha de tomar diseñarlos y luego montarlos.
La ópera prima de Kaurismäki es «Crimen y castigo» (1982), su visión personal de la obra de Dostoievsky en el Helsinki moderno. Su película más reciente es «Hojas de Otoño» (2023), con 17 películas más realizadas en ese lapso de tiempo. Es verdadero cine de protesta, algo que hoy se ve mayormente en documentales. Es cine de autor que otros autores como Wes Anderson o Jim Jarmusch, han tomado como referencia. El comentario que en entrevista hace respecto a su visión del cine es llegador: «El cine es un sueño para el trabajador cansado. Es fuente de ayuda y consuelo. Para aquél que tenga sensibilidad por el arte, puede resultar un alivio.»
Junto con su hermano, Mika, fundó el festival de cine finlandés «Midnight Sun Film Festival». El evento en 2026 va del 10 al 14 de junio y toma lugar en Sodankyla, Finlandia, un poblado tan al norte de Finlandia que, durante esas fechas, el sol nunca se mete. El festival se distingue porque se proyectan películas las 24 horas del día.
La filmografía completa de Aki Kaurismäki está disponible en Mubi.
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