Decidí tomarme unos días con mi pareja para pasar el fin de año en Puebla y Ciudad de México. Los primeros días, incluido la víspera de año nuevo, fueron de conocer lugares nuevos y platillos poblanos inolvidables.
La primera noche del mes de enero la pasamos en el hotel Barceló Reforma en CDMX. La mañana del 2 de enero, a las 7:58am, la alarma sísmica se activó con unos 68 segundos de anticipación. Nosotros no vivimos en un área donde haya temblores, por lo que el protocolo a seguir es algo que no tenemos en el radar; nuestra reacción fue más apegada a la de un incendio, un error que me hizo aprender una dura lección a la mala. Cuando escuchamos tronidos en las paredes y la ventana, decidimos que era el momento de escapar. Desperdiciamos varios segundos agarrando celulares, cartera y gorras (¡qué pena que nos fueran a ver con las greñas alborotadas!).
Salimos de la habitación con los tenis en la mano rumbo a las escaleras de emergencia. Las habitaciones del hotel rodean piso por piso a un espacio vacío central que provoca vértigo aún en condiciones normales. Estábamos en el noveno nivel, lo cual agregó mucho drama a la situación. Atravesábamos el pasillo y la intensidad del terremoto aumentó al grado de que era imposible caminar en linea recta, más bien, parecía que íbamos en un barco en plena tormenta en un zig zag desquiciante. El hotel cuenta con cuatro elevadores escénicos y pude ver los cables de gran diámetro golpeando de lado a lado las paredes de los carriles. Fue en ese momento que la frase: «es el fin» cruzó mi mente.
Llegamos a las escaleras e inexplicablemente, aparecido de la nada como un ángel, había un empleado del hotel indicando con admirable calma el camino a los huéspedes (cabe mencionar que no fuimos los únicos siguiendo el proceder equivocado). Bajar nueve pisos sin sobresaltarse y rodeado de gente recién amanecida en estado alterado, todos en paños menores, fue toda una faena. En algún momento, no sé bien cuándo, dejó de temblar, pero la psique continuaba en alarma. En los rellanos, había papás tratando de consolar el llanto de sus hijitos asustados, mientras obstruían el paso al resto de las personas.
Después del eterno descenso, logramos salir por la parte lateral del hotel, con el monumento a la Revolución de fondo a escasa distancia. La tensión se aflojó cuando todos los huéspedes nos vimos en calzones, batas y pijamas, descalzos, en avenida Reforma. Terminamos conversando con una chica de Los Ángeles que estaba quedándose en un hostal cercano y estaba más espantada que nosotros. Le faltaban como cuatro días más en la ciudad, pero dadas las circunstancias, estaba considerando seriamente agarrar sus chivas e irse a la central a tomar un bus hacia Guadalajara. Nos preguntó como cinco veces, en un español muy aceptable, si habría réplicas y qué tan intensas serían. Ni idea. (Después nos enteramos que hubo más de mil en las siguientes 24 horas) Mejor me dediqué a enseñarle los coloquialismos del lenguaje para expresar que se tiene miedo.
Al cabo de unos cuarenta minutos, nos dieron luz verde para ingresar de nuevo al edificio y subir por las escaleras a los cuartos. Decidimos quedarnos en el lobby con un café mientras se despejaba el área. Seguía conmocionado, a pesar de haber visitado la ciudad muchísimas veces e incluso haber vivido un año ahí, nunca había pasado por algo ni siquiera similar. Quedé marcado. Eventualmente subimos los nueve pisos y la lectora de llave no abrió la puerta. Las recamareras estaban en sus labores como si nada, le pedí a una de ellas que nos dejara pasar porque no estaba dispuesto a bajar y subir los nueve pisos en pijamas una vez más. En el cuarto no había luz. Nos bañamos a oscuras y salimos lo antes posible.
El hotel funcionaba como cualquier otro día: gente hacía fila para hacer el check-in, los elevadores funcionaban normal. Después de lo que vi minutos antes, juré que quedarían averiados de forma permanente. No obstante, subimos a uno con ojos cerrados para que nos dejara en el lobby de nuevo. Solicité en recepción que nos cambiaran a un piso menos alto. «Estamos llenos, no hay disponibilidad», dijo el recepcionista con tono petulante. De seguro alcanzó a olerme el susto.
Dos horas después, visitábamos una exposición temporal sobre el arte en el oscurantismo y las sesiones espiritistas del MUNAL, cuando llegaron los cuidadores a pedirnos que saliéramos del recinto por emergencia telúrica. Nuevamente sentimos el piso moverse aunque con mucha menor intensidad. Al cabo de un rato, nos autorizaron el reingreso, pero en mí se construía un sentimiento tan inquietante como creciente. Se manifestó como un ataque de pánico.
La respiración me faltó y tuve que tomar asiento en la silla de uno de los vigilantes para calmarme. El dolor lumbar era insoportable. Comencé a hacer ejercicios respiratorios para recuperar la calma. Fui rodeado en segundos por cinco encargados del museo muy interesados en mi estado físico y mental. Me dieron explicaciones sobre la solidez del edificio, me aseguraron de que no se iba a derrumbar y dejaron claro que, si llegaba a necesitar soporte médico, estarían al pendiente. Se aventaron un diez, debo reconocer.
Faltaban aún dos noches más. Por un lado quería irme a otro hotel de menos pisos o de plano, hacer como la güerita californiana y conseguirnos un vuelo adelantado de regreso a casa. Decidí permanecer, enfrentar mis miedos y cuidar el presupuesto. Esa noche, en medio de un insomnio despiadado, caí en cuenta de que, si el terremoto hubiera tenido más grados de intensidad, posiblemente habría corrido el riesgo de que me hubiera impulsado por encima del barandal y caído nueve pisos abajo. No sé si sería lo inquietante de la paranoia (o de la sensatez) lo que me mantenía despierto, el asunto es que no pegué ojo en toda la noche y muy temprano por la mañana, cuando entré al baño, yo sentía el piso moverse. Estaba hecho un desastre de nervios. La siguiente noche la historia se repitió y por fortuna, era el día en que tomábamos el vuelo de regreso.
¿Es experimentar un temblor ese evento parteaguas que te cambia la vida, tal como lo sería sobrevivir un naufragio o un avionazo? ¿es similar a «tocar fondo» cuando se es adicto a algo? Mucha gente se siente desmotivada, muerta en vida; otros, buscan razones para vivir o morir, según sea el caso. Es cierto que no se necesita un suceso extremo para ser introspectivo e invocar el pensamiento reflexivo, sin embargo, las conclusiones de hacerlo en un estado alterado versus en calma van a alentar un llamado a la acción con urgencias muy distintas. Son momentos que no se superan con facilidad y marcan a un ser humano de por vida, precisamente porque reafirman las ganas de vivir, y para ese efecto, vivir de la manera más humana posible.



